Los cuadernos de quejas con unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa usaban desde el siglo XIV, rellenadas con peticiones o quejas para remitir a los Estados Generales. Sin duda, los más famosos son los redactados entre mayo y junio de 1789, en plena Revolución Francesa..

El Reglamento del 24 de enero de 1789 para convocar a los Estados Generales fue interpretado por muchas mujeres como una oportunidad de poder intervenir en la vida pública política, ya que, según se mencionaba, se permitía participar a cualquier habitante que “forme parte del Tercer Estado, nacidos o naturalizados, desde la edad de 25 años residentes y que paguen impuestos”. Al no ir acompañado de la palabra hombre, ese articulado permitía implícitamente a cualquier mujer participar de las redacciones de las quejas y reclamaciones. Al recibir en la práctica política, la negativa a su participación, quedó patente la discriminación por género que trascendía los ideales revolucionarios. Realmente, ningún texto de la época empleaba directamente la palabra hombre en uso sexista del lenguaje, sino que se referían exclusivamente a los varones. Ningún derecho de las grandes declaraciones de derechos del siglo XVIII fue reconocido para las mujeres.

Así las cosas, las reivindicaciones femeninas se dirigían principalmente contra los problemas propios de su condición de mujer: la falta de acceso a la educación, la moralidad en costumbres, los matrimonios forzados, la negación a ejercer una profesión…

«ser instruidas, poseer empleos, no para usurpar la autoridad de los hombres, sino para ser más estimadas; para que tengamos medios de vivir al amparo del infortunio (…). Os suplicamos, Señor, que establezcáis escuelas gratuitas en las que podamos aprender los principios de nuestra lengua, la religión y la moral (…) Pedimos salir de la ignorancia, dar a nuestros hijos una educación acabada y razonable para formar siervos dignos de serviros»

También formularon demandas en torno a su deseo de que la prostitución fuera abolida y a evitar los malos tratos y los abusos dentro del matrimonio. Reclamaban una mayor protección de sus intereses personales y económicos frente a los masculinos y familiares. No se establecen quejas ante la falta de derechos políticos, ya que ni contaban con la posibilidad de ejercerlos. Las contestaciones a estas peticiones hablaban de la representación masculina de la población femenina, a la que se le seguía negando el derecho a intervenir en la política. Pero las mujeres no se quedaron calladas, así a través de un cuaderno de quejas una burguesa ilustrada que se escondía bajo el nombre de «madame B.B.» desde Caux, Normandía,​ responde:

«Estando demostrado con razón que un noble no puede representar a un plebeyo (…) las mujeres sólo pueden estar representadas por tanto por otras mujeres»

Las mujeres de la Revolución Francesa observaron con estupor cómo el nuevo Estado al que apoyaban y por el que luchaban tanto como los hombres no les tenía en cuenta, y ni siquiera encontraba contradicción alguna en pregonar la igualdad universal y dejar sin derechos civiles y políticos a las mujeres.  Sin embargo, fueron las mujeres las que, en una marcha de alrededor de 6.000 personas, acudieron a Versalles el 5 y 6 de octubre de 1789 en busca del rey y de la reina, lo que fue un detonante revolucionario. Entre 1789 y 1793 se censaron 56 clubes republicanos femeninos, activos en la emisión de peticiones y con expresión pública.

A pesar de todo ello, la Constitución de 1791 afirmó la existencia de dos categorías de ciudadanos: los activos (varones mayores de 25 años, independientes y con propiedades) y los pasivos (hombres sin propiedades y todas las mujeres, sin exclusión).

Se puede considerar que la Ilustración y la Revolución Francesa alumbraron el primer feminismo, pero también vieron su primera gran derrota. La primera de las feministas es un buen ejemplo de ello. En 1791 Olympe de Gouges escribía la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la ciudadana en la que señalaba que “la mujer tiene el mismo derecho a ser llevada al cadalso, y, del mismo modo, a subir a la tribuna”. En uso de una gran ironía, fue guillotinada en 1793, aunque nunca subió a una tribuna.

Olympe de Gougés

Bibliografía.

Amorós, C. y Miguel, A. (2021). Teoría feminista: de la Ilustración a la Globalización. Vol I. De la Ilustración al Segundo Sexo. Ed Minerva

Amorós, C. (1990). El feminismo: senda no transitada de la Ilustración. Revista Isegoria, 1, 139-150

Varela, N. (2019). Feminismo para principiantes. Ediciones B.

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