En la Historia del crimen, y de los asesinatos en general, la brujería ocupa un lugar muy especial. El poder de lo oculto, lo secreto, los hechizos, el dominar la voluntad del otro, su cuerpo, e incluso, su salud y su futuro, está íntimamente ligado al dominio de la vida y de la muerte. Uno de los miedos más antiguos y populares: ¿Puede alguien, un ser o un poder malvado, decidir cuándo morimos? Si una etapa histórica es conocida por la brujería desde el imaginario popular, aumentando desde los cuentos infantiles y magnificado por el cine, es la Edad Media. La imagen de las brujas celebrando sus akelarres en comunión con el macho cabrío, unida a las historias de caballería, leyendas artúricas, Merlín, castillos, batallas, princesas y hadas, está muy alejada de la realidad. Pero, dejando al margen ese ideario común, verdaderamente el gran momento de las brujas y la brujería, tanto en España como en toda Europa, fueron los siglos XVI y XVII.

Los procesos de brujería son una constante a lo largo de la Edad Moderna. Muchas mujeres, y también hombres, fueron acusadas de brujas a lo largo y ancho de Europa por prácticas diversas tan diversas como la sanación, el curanderismo, por judaizantes, herejes, moriscos o protestantes, o, simplemente, por tener comportamientos al margen de lo que estipulaba la sociedad. La Inquisición, y también los tribunales civiles, buscaban atajar conductas que consideraban peligrosas e ilícitas, difíciles de entender o fuera de lo común, y que tenían la definitoria común de alterar el orden social. La conflictividad en la Edad Moderna, la violencia en todos los ámbitos y las luchas por el poder exigían para atajarse un férreo control establecido desde las autoridades civiles y religiosas.

Los juicios contra las brujas se propagaron tan rápidamente como la pólvora, extendiendo un terror generalizado. Los inquisidores e investigadores recorrían ciudades, pueblos y caminos buscando evidencias de brujería y cualquier podía ser denunciado a las autoridades, por miembros de la iglesia o por un vecino envidioso o al que hubiera ofendido. Llegó a ser una forma de control social, tanto por parte de las autoridades como de la propia población civil, ya que cualquier comportamiento sospechoso podía ser delatado y el implicado podía terminar ante un Tribunal intentando probar su inocencia ante delitos, muchas veces, ridículos e indemostrables.

Ciertos comportamientos que se consideraban actos reprobables o contra las que existían sospechas de ser demoníacos, por tratarse de conductas extrañas o fuera de lo normal, entraban directamente en la categoría de brujerías Si tenemos en cuenta que en la época muchos fenómenos naturales o enfermedades eran desconocidas, se imputaban directamente al demonio. Pocas veces quienes los cometían eran tratadas de enfermas, dementes o locas. Cuando un comportamiento excedía lo que marcaban las normas sociales y eclesiásticas, se apuntaba directamente a la brujería o demonización. En el siglo XVII, la consideración de la locura como eximente se limitaba a ciertos y determinados homicidios involuntarios, que carecían claramente de intención, y en el caso de las brujas, se les presuponía el propósito de dañar, con lo que quedaban automáticamente excluidas, fuese cual fuese su motivación. Las condenas en el caso de demencia no solían incluir la muerte, sino que la familia debía indemnizar económicamente a la víctima, además de hacerse cargo de la persona trastornada y confinarla en un lugar seguro (un convento en el caso de las mujeres en la mayoría de las veces). No sería hasta la llegada del Siglo de las Luces y la Ilustración, en el XVIII, cuando las enfermedades mentales tendrían una consideración separada de lo paranormal y la brujería y comenzarían a tratarse, con métodos bastante crueles realmente, de forma separada y sin tomar parte la Inquisición[1].

En España, el proceso culmen de brujería llegó con el Auto de Fe de Logroño de 1610, con 53 condenados, aunque hubo miles de encausados. Este suceso ha generado desde siempre un gran interés y no son pocos los libros y de novelas[1] que tratan sobre este juicio; incluso, existe una recreación anual en la ciudad en la que se celebró. Las llamadas Brujas de Zugarramurdi (población del Pirineo Navarro que llegó a considerarse en su totalidad como un foco de brujería), junto con otras muchas personas de pueblos navarros, guipuzcoanos y riojanos, fueron sentenciadas allí por delitos asociados a la brujería.

[1] Citamos a modo de ejemplo: Entre los estudios: FERNANDEZ NIETO, M.: Proceso a la brujería. En torno al Auto de Fe de los brujos de Zugarramurdi. Logroño, 1610, Madrid, Tecnos, 1989; AZURMENDI, M.: Inquisición y brujería. El auto de fe de Logroño de 1610. Logroño. Ed. Instituto de Estudios Riojanos. 2010; DUESO ALARCÓN, J.: Historia y leyenda de las brujas de Zugarramurdi: De los akelarres navarros a las hogueras riojanas. Pamplona. Ed. Txertoa, 2010; Entre las novelas:  RIESCO, N.: Ars Magica, Barcelona, Ed. Debolsillo, 2009; MARTIN, I.: El último akelarre Aduna. Travel Vug, 2017

[1] SCULL, A.: Locura y civilización: Una historia cultural de la demencia, de la Biblia a Freud, de los manicomios a la medicina moderna. Madrid. Fondo de Cultura Económica. 2019

Pero ¿qué era considerado ser bruja? La brujería es una creencia ancestral, no una invención de la Edad Media ni de la Moderna. En todos los pueblos y culturas conocidos, existen chamanes y brujos con poderes mágicos desde el origen de los tiempos, y a los que la sociedad identifica con un determinado rol y funcionalidad dentro de la misma.

Generalmente, la brujería se identifica con una serie de creencias mágicas que, mediante ritos, otorgan el control del destino a sus iniciados, y se atribuye mayoritariamente a las mujeres. En gran medida, no se puede aprender, es un poder innato que adquiere una persona por su propia condición, como descendiente o ahijado de alguien con capacidades semejantes. A lo largo del siglo XV y XVI, la idea de que el demonio u otra fuerza sobrenatural opuesta a Dios pudiera intervenir en el porvenir de los hombres comienza poco a poco a cobrar fuerza, causando un miedo cerval en la sociedad y forzando a las autoridades a intervenir para lograr su control.

Pero la actitud de la Iglesia fue cambiando con el tiempo ante la brujería. Por ejemplo, en el lejano siglo XI, en el año 1080, el Papa Gregorio VII escribía una misiva al rey Harald de Dinamarca quejándose de la costumbre de los daneses de hacer responsables a ciertas mujeres de las tempestades, epidemias y toda clase de males, y luego matarlas del modo más bárbaro[1], lo que nos recuerda a los procesos inquisitoriales de brujería de siglos posteriores. Pero más adelante, a partir de los siglos XV y XVI, la Inquisición comienza a tomar importancia en los juicios a las brujas y las condenas son numerosas a lo largo de toda Europa. Las cifras de las investigaciones más actuales estiman en torno a 100.000 los procesos de brujería en Europa, de las cuales unas 50.000 terminaron con pena de muerte, habitualmente, la hoguera o el ahorcamiento. En la Edad Moderna miles de supuestas brujas y brujos fueros procesados por los tribunales inquisitoriales del Sur de Europa, pero extremadamente pocos fueron quemados: 59 en España, 36 en Italia y 4 en Portugal[2]. En muchas ocasiones, la forma de muerte más habitual en España fue el ahorcamiento. En Cataluña, por ejemplo, se calcula que más de 400 brujas fueron ahorcadas entre el siglo XVI y XVII.

Como sostenía el Malleus maleficarum, el Martillo de las Brujas, posiblemente el tratado más importante y conocido sobre brujería, creado y redactado por dos monjes dominicos alemanes, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger en el siglo XV: «todas estas cosas de brujería provienen de la pasión carnal, que es insaciable en estas mujeres». La misoginia que planea en toda la historia de la brujería es notable y, aunque no fueron las únicas perseguidas, sin duda, fueron muchísimas más mujeres consideradas culpables de estos delitos que hombres[1], lo que es fruto de la sociedad de la época.

[1] Sobre la misoginia y la herencia patriarcal en el mundo de las brujas y la brujería, abundan hoy en día los ensayos e investigaciones. Por citar tan solo un ejemplo, CHOLLET, M.: Brujas ¿Estigma o fuerza invencible de las mujeres? Barcelona. Ediciones B. 2019.

[1] HENNINGSENG, G.: «La inquisición y las brujas» eHumanista: Journal of Iberian Studies,nº 26, 2014, p. 134

[2] HENNINGSENG, G: íbidem p. 141

La práctica de la brujería era en sí misma un delito perseguible y condenable. Los actos que indicaban que una persona era bruja eran variados: la predicción del futuro, el curanderismo, el uso de hierbas, el conocimiento de la astrología, y un largo etcétera que se podría englobar en «causar el mal». Era considerado a la vez un delito de pensamiento y de obra, con lo que alguien, aunque no se demostrara delito de brujería, tan solo por poder serlo o tener ciertos pensamientos, podía ser condenada. La magia herética era el delito más grave de todos[1], sobre todo, porque en la mayoría de las ocasiones se empleaba para lograr un beneficio propio en menoscabo del bien ajeno: pociones, ungüentos, hechizos y otros ritos eran empleados con todo tipo de fines, desde conseguir el amor hasta provocar enfermedades e, incluso, la muerte. Una sociedad en gran parte inculta y analfabeta confiaba con fe ciega en estas técnicas para poder mejorar su situación personal o vengarse de quien le había hecho mal. También la envidia ha sido considerada con posterioridad como una de las emociones vinculadas con los procesos de brujería más notable: envidia de aquel que delataba hacia el encausado, pero a la vez, también las actitudes y hechos de aquel imputado por brujería tenía muchas veces su causa en el mismo sentimiento.

[1] RUBIO, E. P.: «La inclusión de la brujería en el ámbito inquisitorial» Revista de la Inquisición, Intolerancia y Derechos Humanos, nº 22, 2018, p. 407

La carencia de cultura de la sociedad, de pensamiento lógico y de reflexión propició la extensión de la idea de que, si una persona cumplía con la sociedad y los mandatos de la Iglesia, todo lo malo que pudiera sucederle (una enfermedad, una muerte cercana o una mala cosecha) solo podía explicarse por la intervención de algún ser maligno, aún más poderoso que la Iglesia y que Dios. Los dioses paganos que la teoría cristiana deseaba olvidar, y, más adelante, el mismísimo demonio, fueron considerados los causantes de estos males, usando como instrumentos a las brujas, en forma de brazo ejecutor. Precisamente, sería en el siglo XVIII y con la llegada de la Ilustración y los avances científicos cuando los procesos de brujería descenderían notablemente. Las investigaciones botánicas, químicas y médicas, entre otras, contribuyeron a dar explicación a procesos que hasta entonces se consideraban mágicos.

¿Sabías tantas cosas de las brujas y la brujería en la Edad Moderna?

(El texto de este post formará parte, quizá algún día de un libro sobre mujeres malvadas…)

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