Gaua, la película de Paul Urkijo

«No creas que no existen, y no digas que existen, pues se te aparecerán de noche y se te llevarán».

«La noche para las de la noche».

En cuanto leo la palabra «Inquisición» en alguna explicación o trama de película o espectáculo, se me erizan los pelos de la nuca, y no de miedo a  que me detengan por bruja y me lleven a sus interrogatorios, sino por ver qué cuentan y en qué deterioran el relato real de esta época. La película «Gaua «(Noche) me ha sorprendido en ello, porque pese a las opiniones que leáis sobre ella, no es una película basada en la Inquisición, la mujer y la represión, sino una fábula que, ambientada en el siglo XVII y con el telón de fondo de una visita de un inquisidor al norte de Navarra, narra una historia. Con esta base, perpetua todos los mitos sobre las brujas y alguno más de regalo: los akelarres, las orgías, los vuelos, las danzas, el aker beltz o macho cabrio…

Pero una película de «horror folk» y como tal debe de ser tomada, no como un documental histórico. Increíble el vestuario de Nerea Torrijos, que espero que gane el Goya, porque me ha parecido muy bien ambientado y genial.

No es, ni con mucho, la única película que trata sobre brujas e Inquisición, siendo un tema recurrente en el cine español y de otras zonas. No me gusta quedarme en la superficie de las cosas: cuando se habla de brujas en una película, casi siempre hay más política, miedo social y construcción de discurso de lo que aparece en pantalla. No es un tópico académico ni una exageración: es una constatación que los archivos nos ofrecen una y otra vez.

De hecho, la caza de brujas —ese concepto tan cargado de imágenes populares— tuvo expresiones muy distintas según el lugar, el contexto institucional y el momento. Algunas películas lo entienden y otras simplemente reciclan el imaginario demonológico sin preguntarse por qué existió, cómo se construyó y qué significó socialmente.

Así que aquí va un recorrido por títulos que sí pueden alimentar un diálogo serio entre cine e historia, con reflexiones sobre qué temas pone en juego cada una.

Inquisición, miedo y construcción del delito

Akelarre (Pablo Agüero, 2020)

Si hay una película reciente que intenta leer el fenómeno de las acusaciones de brujería en su contexto histórico europeo, esta es Akelarre. Ambientada en el País Vasco en 1609, toma como punto de partida los procesos que desembocaron en el famoso auto de fe de Logroño (1610) y explora cómo se construyen judicialmente los relatos de aquelarre.
Históricamente, sabemos que la Inquisición española —muy distinta en procedimientos y mentalidades al “pánico popular” que se asocia a casos como Salem— terminó adoptando una postura escéptica ante muchas acusaciones, poniendo en cuestión pruebas espectrales y testimonios obtenidos bajo presión. Esto no siempre se ve en la pantalla, pero Akelarre sí acierta cuando muestra que lo que está en juego no es tanto el satanismo literal como la narrativa del poder y la construcción de una amenaza social desde la autoridad.

No es una película “académica”, pero sí una de las más ricas para pensar este tema desde una perspectiva institucional, sin renunciar a la tensión dramática.


Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013)

Aquí entramos en otra categoría: no hay un proceso histórico reconstruido con fidelidad, sino la memoria popular de uno. Zugarramurdi —sí, ese lugar que ya forma parte del imaginario colectivo español sobre brujas— se convierte en la excusa para una comedia negra que dialoga con la tradición folclórica más que con los archivos judiciales.

Y no pasa nada por ello. Lo interesante es preguntarse qué hace nuestra cultura popular con ese episodio: cómo un hecho histórico puede transformarse en mito, espectáculo y recurso de entretenimiento. El cine de De la Iglesia no pretende ser una lección de historia, pero invita a pensar en la distancia entre el archivo y la narrativa colectiva.

Histeria comunitaria y justicia sin centro institucional

La bruja (Robert Eggers, 2015)

Aunque esta película no reproduce un proceso judicial formal, ofrece una lectura muy interesante de cómo surge la sospecha social. Ambientada en una comunidad puritana de Nueva Inglaterra en el siglo XVII, muestra cómo un conjunto de creencias profundamente internalizadas pueden fracturar una comunidad entera.
Aquí la brujería no es un expediente con jueces y escribanos, sino una lógica de sospecha que se instaura en lo más íntimo de la vida familiar. Desde una perspectiva comparada con los tribunales inquisitoriales, este modelo puritano carece de una institución centralizada que modere el pánico: la comunidad misma se convierte en juez y verdugo.


El crisol (Nicholas Hytner, 1996)

Basada en la obra de Arthur Miller sobre los juicios de Salem (1692), esta película funciona como una pieza doble: es drama cinematográfico y también una alegoría de procesos sociales de acusación.
Muestra mecanismos que no nos son ajenos: pruebas no verificables, acusaciones interesadas, miedo colectivo y rivalidades personales que se transforman en cargos irrevocables. En ese sentido, sirve también para reflexionar sobre diferencias metodológicas entre modelos judiciales históricos —por ejemplo, el puritano y el inquisitorial hispano— y cómo cada uno responde (o no) a las tensiones sociales de su tiempo.

El mito que persiste: miedo, rumor y protagonismo narrativo

El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999)

Aunque no recrea un hecho histórico concreto, esta película es fascinante para pensar cómo circula el miedo. La bruja —y lo que representa— existe porque alguien la narra, porque se repite un relato, porque el rumor se expande.
En ese sentido, no está tan lejos de ciertos mecanismos que animaron acusaciones de brujería en la Europa moderna: relatos que se retroalimentaban, testimonios que se volvían públicos y comunidades enteras que se convencían de una amenaza inmanente.

Häxan (estrenada en España como La brujería a través de los tiempos)

Esta obra pionera, mitad documental dramatizado, mitad ensayo visual, propone una lectura histórica de la brujería desde la Edad Media hasta la Edad Moderna. Algunas de sus interpretaciones han sido superadas por la investigación actual, pero su ambición es significativa: pensar la brujería como fenómeno cultural y social, no solo como superstición.

¿Qué nos enseñan estas películas?

Si hay algo que de verdad nos aportan estos títulos —más allá del entretenimiento— es la posibilidad de problematizar cómo hemos construido el pasado:

  • Que la mayoría de acusados en Europa fueran mujeres no es una curiosidad, sino un dato que remite a tensiones de género, economía y poder institucional.

  • Que los procesos fueran diferentes entre un tribunal inquisitorial centralizado y un tribunal local puritano indica que no hay una historia única de la “caza de brujas”, sino muchas historias locales.

  • Que la bruja sea hoy figura de resistencia, símbolo de género o ícono de la cultura pop es parte de una relectura contemporánea que también merece análisis crítico.

En otras palabras: cuando una película muestra una hoguera, lo que está ardiendo en realidad no es solo un cuerpo, sino una conversación cultural más amplia.

Para quien quiera profundizar con fuentes históricas

Si quieres ir más allá de la pantalla y acercarte a lo que realmente cuentan los archivos, estos son textos de referencia imprescindibles:

  • Brian P. Levack, The Witch-Hunt in Early Modern Europe — un clásico para entender el fenómeno en su complejidad europea.

  • Gustav Henningsen, El abogado de las brujas — acercamiento crítico a los mecanismos procesales.

  • William Monter, Frontiers of Heresy — análisis comparado entre regiones.

  • María Tausiet, Ponzoña en los ojos — una mirada desde género y sociedad.

  • Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo — un enfoque socioantropológico sobre la mentalidad de la época.

Leer estos textos cambia de verdad la forma en que se ven estas películas.